Por Agustín Laje

Amplios sectores de la izquierda se regocijan actualmente profetizando el inminente fin del capitalismo. La causa, desde luego, no es ninguna clase social revolucionaria: las clases sociales ya no pueblan el enmarañado discurso para iniciados a los que están hoy acostumbrados los intelectuales izquierdistas. Hace rato que la fábrica fue sustituida por los despachos universitarios. La causa tampoco habría que buscarla, siquiera, en los efectos de la lucha feminista o en el accionar de este o aquel colectivo LGBT: seamos sinceros, la teoría de género no puede revolucionar más que hormonas e histeriqueos circunstanciales. ¿Dónde encontrar, entonces, la causa del vaticinado “fin del capitalismo”? En el coronavirus, entronizado como una suerte de nuevo agente de la revolución anticapitalista.

No se trata de ninguna broma, sino más bien de una izquierda que toca fondo, que encontrándose a sí misma totalmente incapacitada para delimitar o construir un sujeto revolucionario, deposita todas sus expectativas revolucionarias en el accionar de un virus. No hago con esto un juicio moral, sino político. La voz cantante de esta expectativa probablemente está representada por el filósofo Slavoj Žižek, quien publicó hace algunos días una columna en Rusia Today en la que redefinió al capitalismo como virus, para luego profetizar el fin del sistema capitalista como resultado de la actual pandemia. Su llamado es a “imaginar” un nuevo sistema, “and so on, and so on”, como acostumbra decir el filósofo “rockstar” cuando en verdad no hay mucho más para agregar, ni nada realmente concreto que valga la pena enunciar.

En fin, nada realmente nuevo bajo el sol y, a fuerza de sinceridad, un recurso ya muy trillado para una izquierda que desde los ’60 viene “imaginando” sin que nadie sepa muy bien qué se ha imaginado en las últimas seis décadas, más allá de presuntas “revoluciones sexuales” a las que las multinacionales capitalistas aportaron su marketing con total entusiasmo. Daniel Cohn-Bendit, líder del Mayo del ‘68, ya se escudaba en el famoso “hay que imaginar otra cosa” cuando le preguntaban desde la prensa cuál era el sistema que la estudiantina francesa proponía. “La imaginación al poder”, era ya por entonces la consigna célebre. E incluso más de diez años antes, en 1955, la mentada “imaginación” impregnaba Eros y civilización de Herbert Marcuse, el filósofo “rockstar” del sesentayochismo. En fin, como verán, nada nuevo bajo el sol. El llamado a “imaginar alternativas” se ha convertido en el síntoma de una izquierda sin alternativas que no ha podido imaginar nada más que el imperativo de la imaginación: imaginación que llama a imaginar; imaginar, a su vez, que no puede más que imaginar que hay que convocar a la imaginación. Y cuando el imaginar concreto no ha sido capaz a lo largo de seis décadas de imaginar algo distinto que su propia necesidad, la cosa cansa.

Pero la columna de Žižek causó sensación. La izquierda se entusiasma con facilidad. En Argentina por ejemplo, el hashtag #ElCapitalismoEsElVirus rápidamente se convirtió en tendencia. Diversos intelectuales continuaron la discusión: ¿es el coronavirus el proletariado del siglo XXI? En estos mismos días también, Žižek aprovechó para lanzar su nuevo libro de 120 páginas, escrito a toda velocidad, titulado Pandemia! Covid-19 sacude el mundo, para cuya distribución masiva no llamó a “imaginar” alguna alternativa, sino que se entregó a los brazos del mercado capitalista. En efecto, el libro puede comprarse por internet a la editorial OR Books en versión papel a 13 euros, y en versión digital, si estás entre los primeros 10.000 clientes, te lo dan gratis; caso contrario, toca pagar 10 euros. Los mercaderes de la revolución son todo, menos estúpidos: ¿quién dijo que ser revolucionario no podía ser un buen negocio?

En fin, vamos a lo importante: el capitalismo. Definitivamente, no estamos atravesando una situación revolucionaria en sentido estricto. Las revoluciones se despliegan sobre circunstancias históricas bien específicas (eso que el marxismo-leninismo llamaba “condiciones objetivas”), pero también sobre la acción colectiva de agentes históricos (lo que se denominaba “condiciones subjetivas”). Esto significa: la revolución no es simplemente un contexto, sino un alguien que en un cierto contexto deviene revolucionario. No hay revolución sin agencia; y la agencia es una facultad humana. Dicho de otra manera: no hay revolución al margen de la acción humana.

“Un fantasma recorre Europa: el fantasma del comunismo”. Marx y Engels empezaban así el Manifiesto comunista. Marx tenía estas genialidades; su astucia para metáforas cargadas de fuerza política probablemente resulte insuperable. Pero el fantasma, en realidad, no era simplemente el comunismo, sino principalmente el agente histórico, determinado por leyes históricas, a hacer del comunismo el punto de llegada de la evolución de nuestros sistemas económicos. Como se sabe, ese agente histórico no era otro que el proletariado: era su acción colectiva revolucionaria la que, en un contexto histórico bien específico de contradicciones sistémicas, acabaría con el capitalismo.

El fantasma que hoy recorre el mundo, en cambio, no es ni una ideología ni un agente revolucionario: es sencillamente un virus. En tal sentido, las expectativas de los que prenden velas al “virus anticapitalista” no son revolucionarias, sino meramente catastróficas. Esto es: avizoran una catástrofe y se entusiasman, pero carecen de un sujeto revolucionario para conducir políticamente cambio histórico alguno. Y lo que es peor: ni siquiera les importa. Todas sus esperanzas recaen en condiciones objetivas catastróficas, y estas son reductibles ni siquiera a contradicciones netas de un sistema económico, sino al accionar de un virus. En este sentido, Byung-Chul Han, si bien también se ha subido al trillado tren de la “imaginación”, es mucho más sensato que Žižek al señalar que el encierro no genera un “nosotros” y, por tanto, no configura una situación revolucionaria en absoluto.

El virus, no obstante, estaría poniendo al descubierto las impotencias y deficiencias del sistema de mercado, se alega rápidamente, lo que ha de entregarnos a los brazos bien del poder nacional de los Estados, bien del poder global de las Organizaciones Internacionales, como si estas instancias de coordinación social no hubieran mostrado también sus impotencias y deficiencias para gestionar una pandemia como la actual. E incluso más: sus responsabilidades en la tragedia. Piénsese en la responsabilidad internacional del Estado chino al ocultar durante semanas el virus al mundo: si no hubieran reprimido a la prensa y a los médicos que querían advertir lo sucedido, se calcula en un estudio de la Universidad de Southampton que el virus hubiera sido reducido en un 86%. O si se desea un ejemplo occidental, piénsese en el Estado español, convocando a multitudes a participar de las manifestaciones feministas del 8 de marzo, cuando ya se sabía que España tenía varios infectados, que a partir de ese mismo día se multiplicaron exponencialmente.

Ahora bien, lo más importante que el Estado por sí mismo puede hacer, como organización que monopoliza el uso de la fuerza, es precisamente utilizar la fuerza para garantizar aislamientos masivos. Lo más importante que las Organizaciones Internacionales pueden hacer es coordinar, globalmente, el uso de la fuerza de esos Estados sobre sus ciudadanos. Pero tanto el Estado-nación como las Organizaciones Internacionales dependen estructuralmente del capitalismo: el financiamiento que pone en marcha sus engranajes de poder está basado, con mayor o con menor intervención estatal, en el poder del capital.

En este sentido, la fulminante crisis económica que necesariamente llegará y que tendrá escala planetaria, no será una crisis producida por el sistema capitalista, sino precisamente por su momentánea ausencia. Lo que el virus ha detenido abruptamente es, en efecto, la inversión, la producción y el intercambio capitalistas. Y, quiérase o no, el Estado está atado a esta suerte también. Sin capitalismo no hay “Estado de bienestar”. Los estados europeos lo saben muy bien. ¿Y qué queda para el Tercer Mundo? Estados fallidos que, sin poder evitar la “guerra de todos contra todos” a la que tanto temía Hobbes, operarán con todo el autoritarismo del que un Leviatán en apuros es capaz. Y este escenario, dependiendo de la gravedad y la extensión de la crisis económica y humanitaria, también es plausible en los que, por lo menos hasta ahora, llamábamos “países avanzados”.

Si bien estamos probablemente frente a la primera crisis realmente planetaria de la historia, las especificidades nacionales, que todavía existen y que son política y económicamente relevantes, producirán efectos heterogéneos. Creer en un “fin del capitalismo” a escala global, como cree cierta izquierda con Žižek a la cabeza, es un total absurdo. Dependiendo de los daños sanitarios y económicos que el virus genere, lo que habrá será, fundamentalmente, Estados fallidos por un lado, y Estados fortalecidos burocrática y tecnológicamente en su capacidad de intervención y vigilancia sobre sus ciudadanos, al buen estilo asiático, por otro lado. No hay “fin del capitalismo” a la vista, más que en los sueños húmedos de algunos trasnochados. Cuando mucho, todo lo que podría haber, es extensión del capitalismo bajo la forma del Estado autoritario y mayores efectos de poder de estructuras políticas globales.

Sobre el autor: *Agustín Laje es politólogo y escritor. Ha publicado entre autorías y coautorías cinco libros. Su última obra, “El libro negro de la nueva izquierda”, es best seller internacional de Amazon, que se ha impreso en una docena de países. Además, es Presidente de Fundación LIBRE.