La violencia como herramienta política triunfó en Chile ante la cobardía de la centroderecha. Imagen: dw.com

Hace poco más de un año, en octubre del 2019, se desataron en el país vecino una serie de protestas que culminaron con el apruebo al referéndum para modificar la actual Constitución con un 78,8% de los votos.

Hoy, el país se encuentra ante una reforma que puede terminar con el exitoso modelo liberal impuesto tras la caída del dictador Allende, y reafirmado por los gobiernos democráticos de la Concertación en los años 90. Qué nos dice la experiencia latinoamericana y qué errores cometió la derecha en las últimas décadas.

El modelo chileno, reflejado en los datos

Chile es, a todas luces, el país más desarrollado de América Latina. Según el Índice de Desarrollo Humano de la ONU, ocupa el puesto 42 a nivel mundial (2019) liderando a nivel regional por encima de Argentina (48), Uruguay (57) y Brasil (79).

Sus niveles de pobreza eran del 68% en los parámetros actuales hacia el año 1990, al finalizar la dictadura de Pinochet. 30 años después, los niveles de pobreza se encontraban en el 8,6%.

A inicios del 2019, antes de las protestas, el PBI per cápita chileno era de US$25.675, el más alto de Sudamérica y el segundo de Latinoamérica, sólo superado por Panamá. El de Argentina en 2019 fue de 19,870 dólares, y el de Uruguay, 21,940.

La esperanza de vida, según la CEPAL, es de 80,32 años, cuatro más que en Argentina (76,7) y cinco más que en Brasil (75,7), y se ubica en el puesto 31 a nivel global.

El tópico que más éxtasis provoca a los izquierdistas: la desigualdad. El coeficiente de Gini muestra que la desigualdad cayó del 0,58 en el año 2000 al 0,46 en el año 2019, es decir, Chile es más igualitario que Costa Rica (0,48), Paraguay (0,48), Colombia (0,49), Panamá (0,49), y Brasil (0,53).

Chile es un ejemplo de libertad y prosperidad en el continente. Imagen: latercera.com

¿Dato mata relato?

Los indicadores económicos y sociales nos hablan de un país modelo para el continente, vanguardia de la libertad económica y humana, además de ser una democracia sólida. Todo eso puede quedar reducido a la nada cuando las izquierdas se apoderan de las universidades, el cine, la literatura, la historia, los medios de comunicación y, en síntesis, la opinión pública.

Mientras los liberales chilenos y latinoamericanos festejaban el éxito de aquel modelo mediante gráficos y curvas, el socialismo se apoderó de los corazones de las generaciones nacidas en democracia, acostumbradas a la prosperidad de los tiempos recientes. El relato del país “desigual” e injusto se impuso con fuerza, y una centroderecha cobarde y complaciente cedió el terreno a una izquierda voraz y destructiva en su esencia.

La influencia manifiesta de las dictaduras socialistas de Venezuela y Cuba es innegable, pero darle un papel protagónico y casi hegemónico a estos dos países como causales del masivo apruebo al referéndum es caer en simplismos. Antonio Gramsci vuelve a estar vigente al dejar en claro que la cultura define el pensamiento de un pueblo.

El economicismo propio de la centroderecha y de muchos think-tanks liberales chilenos es el error que cometió la derecha durante las últimas décadas, y que líderes como Trump en EEUU, Bolsonaro en Brasil y Santiago Abascal en España buscan rectificar.

Los valores religiosos, la familia, la patria, los símbolos comunes, el lenguaje, los discursos, la intelectualidad y la lucha política deben ser defendidos con igual o más ahínco que la libertad económica, pues ésta se dará por añadidura. En cambio, el capitalismo liberal perece con facilidad, a pesar de su éxito, cuando la gente le da la espalda a los valores que hacen posible a ese sistema. Le pasó, del otro lado del espectro ideológico, a la Unión Soviética a fines de los 80.

Una nueva constitución como fórmula de la felicidad

La irreverente juventud socialista chilena que incendió el país hace un año (y lo volvió a hacer en las últimas semanas) cree que una nueva Constitución solucionará los problemas que sufre Chile. Piñera concedió tamaña petición en una muestra de cobardía pusilánime.

Hugo Chávez celebró el referéndum constitucional de Venezuela en 1999 de esta forma:

 

Sólo 20 años después, el salario promedio del país no supera los 3 dólares mensuales, y más de 4 millones y medio de venezolanos escaparon de una dictadura asesina que tiene vínculos con el terrorismo y el narcotráfico internacional.

Estados Unidos, la primera potencia mundial, tiene una sola Constitución vigente desde su independencia, en 1776. Suiza, uno de los países más ricos del mundo, tuvo 2.

En América Latina, República Dominicana tuvo 32 cambios constitucionales. En el ranking le siguen Venezuela con 26, Haití con 24, Ecuador con 20, Bolivia con 16 y Honduras y el Salvador con 14.

Si Chile quiere seguir la vía venezolana, cubana o, en el mejor de los casos, la vía que siguió Argentina, está en el camino correcto. El socialismo se intentó en decenas de países y fracasó, dejando muerte, hambre y baños de sangre a su paso. Por alguna razón, el 78% de los chilenos que votaron el apruebo al referéndum de ayer, creen que esta vez funcionará.