Pancarta kirchnerista pidiendo la liberación de los presos por corrupción.

La “anti-política”, los “anti-derechos”, los “anti-vacunas”, la “pseudo-ciencia”, etc. Todos habremos escuchado últimamente algunas de estas condenas. Nadie sabe de dónde salieron, pero de pronto y en cuestión de pocos años, grupos políticos y sectores ideológicos, sean republicanos o izquierdistas, lean La Nación o Página/12, siempre todos ellos “progresistas” y “biempensantes”, los hicieron emerger de su fango como hongos conceptuales. Estos anatemas los repiten de uno a otro bando como pecados capitales. En principio, suenan bastante estúpidos. Se difunden con tal prepotencia entre ciertos públicos, que intimidan al oyente medio. Si se dicen con tanta seguridad, y si el que las recibe no termina de entenderlas o no ve argumentos para defenderse de ellas, seguramente sienta que, finalmente, estas condenas no sean una total imbecilidad. Terminará pensando que, bueno, alguna razón habrá en cazar brujas con nombres tan tontos. Que un gobierno, para diferenciar a sus seguidores de los que no, llame a grupos enteros de personas como si estuvieran hechas de una suerte de anti-materia ideológica, quizá esté justificado. ¡Quizá –pensará el votante escéptico– hasta el imbécil sea uno mismo! En reacción se pondrá a la defensiva: “yo no estoy contra la política”, “yo no soy anti-derechos”, “no estoy en contra de todas las vacunas”, “lo que digo es científico”, etc. (No sabrán contestar algo como: “soy pro-economía y no tengo la culpa que lo opuesto sea tu política”, “así es, busco abolir tus derechos sobre mi bolsillo y mis hijos”, “mi cuerpo no está al servicio de tu salud” o “me hablás de una ciencia cuyas conclusiones vos despreciás si no les bajás línea política”.)

Las excomuniones ideológicas hechas contra los “anti”, provienen, en general, de todo el abanico progresista, pero, en particular, de cierta izquierda oficial, que las reitera (generalmente en forma selectiva, a conveniencia) con una monotonía que pareciera no hacer desconfiar a nadie. Por lo pronto, entonces, concentrémonos en esta última, que es la que apunta a controlarlo todo, a “ir por todo”, en la forma más bruta, con la política gubernamental apropiándose de toda la vida económica que se encuentra fuera de ella. Del abanico progresista, la izquierda oficial es la que explota los argumentos más radicales, con lo cual es la que a veces –y bastante seguido de hecho– puede darse el lujo de echar por la borda al lyssenkoismo de género para resucitar viejas políticas positivistas de darwinismo sexual a escalas impensables incluso para H. G. Wells: desde enviar homosexuales a campos de concentración o, como hoy mismo, exigir a las mujeres ponerse a “parir” futuros “soldados de la patria” porque “para eso están hechas”. (Excurso: vale mencionar, sin embargo, que el “inclusivo” progresismo de nuestros “humanitarios” socialdemócratas, no se ahorra argumentos eugenésicos y malthusianos a la hora de justificar el aborto; no les tiembla el pulso al justificar sus eutanasias preparto con el “salvar de nacer” a hijos con síndrome de Down o futuros pobres).

La izquierda oficial, o sea, la anti-capitalista que tiene como referente a los países remanentes del modelo soviético, es la que más explota el recurso a la apología de esta “política pura” (ya parecen no ser necesarias las excusas marxistas-leninistas, las “dictaduras del proletariado” y los estatismos de transición). De ahí que el anatema de la “anti-política”, aunque sea una defensa del Estado “por el Estado” muy poco marxista, y más cercana a cierto nacionalismo de derecha, sea a la vez ¡vaya novedad! muy utilizada actualmente por los intelectuales neo-comunistas lacluacianos, cuyo público apenas puede seguir el silogismo de un tweet. Decía Tocqueville que el beneficio, y a la vez el riesgo, de la prosperidad privada de la mayoría, es no tener que preocuparse más por vigilar a la política o hacerse cargo de ella. Los que se sienten excluidos o resentidos por una prosperidad menor que la de otros, prefieren vivir en un estado constante de politización y pseudo-intelectualidad, aunque no la necesiten. Sin embargo no hay que confundirse: no hay nada que los politicistas deseen más para los infieles, que asegurarse sigan siendo una masa apolitizada, aburguesada y fragmentada, a pesar de que al empobrecerla la fuercen a lo contrario. Si esas tabulas rasas caen primero en sus claustros, podrán adoctrinarlas primero. Si se oponen, no sabrán cómo defenderse.

En Argentina, hoy, los dirigentes e ideólogos de las derrocadas organizaciones armadas que luchaban por el “socialismo real”, tienen literalmente secuestrado al Estado, desde sus dependencias hasta sus sindicatos de empleados públicos (todos son de alineación comunista). Nadie tiene más consciencia de cuál es su interés de clase que un izquierdista argentino: aumentar el tamaño y el poder del Estado, y combatir a todo enemigo que atente contra éste. El comunista argentino actual tiene mucho más claro que los viejos militantes del PC cuál es la clase para la que se sacrificará, porque es la suya propia: la clase de los empleados del Estado. Es una clase diversa e inclusiva, cuyos escalafones bonapartistas van desde lo más alto del nivel salarial hasta lo más bajo del nivel moral. Bueno, convengamos que no todos pertenecen a ella, pero es un ideal. Es algo aspiracional.

Sin duda, todos los rangos de empleo en el Estado son buenos, incluso aquellos en los que hay que trabajar. Incluso en los que se trabaje produciendo algo. Incluso en los que se trabaja, se produce algo y ese algo tiene realmente valor. Ésos puestos son tan buenos que los empleados del Estado siempre intentan reservárselos a alguien más. Desgraciadamente, la gente que en el Estado trabaja, produce y hace algo de valor, son en general gente eficiente, y eso la lleva a ser elitista: a creer en el mérito (son la “meritocracia”). O son policías, militares, en fin, todos potencialmente “golpistas” y “fachos”, que hacen el bien mientras sirvan al Estado mismo y no a los contribuyentes (sino sería un servicio “cívico-militar”). Para servir a los contribuyentes, además, ya están los contribuyentes. Y como se sirven mucho a sí mismos, se elige de entre éstos a los que tengan un excedente, para que sirvan al Estado. Recordemos lo que enseña el manual: los contribuyentes no tendrían nada si no fuera por el Estado. No porque proteja “reglas de juego” ni “libertades económicas”. Todo lo contrario. Los contribuyentes tienen lo que tienen por el control que el Estado tiene sobre las corporaciones, que son su único enemigo. Los empresarios son la “política” tras la “anti-política”. Su interés es que la gente no tenga nada y ellos todo. Hasta aquí, la descripción del chavista criollo promedio respecto al funcionamiento del sector privado en un sistema capitalista… y no se intente razonar más lo anterior: les aseguro que es literalmente imposible.

Si sus hijos militan así, para salvar la “política” de la “anti-política” defendiendo a cuanto ministro y funcionario tenga cierto específico gobierno, de nada hay que preocuparse porque, de cualquier forma, “todo es político”. Algo así como decir que “todo es robo” para justificar poder robarlo todo. Esta consigna totalista de lo político, con una u otra variante, es la excusa recurrente del totalitarismo, desde los jacobinos y los bolcheviques hasta el feminismo supremacista. Hay que tomarse esta locura muy en serio, ya que implica, literal e invariablemente, que no existe espacio privado (ni ninguna otra cosa, vale agregar, lo cual es de por sí una afirmación bastante idiota que desdibuja lo político o el poder: si todo es poder y política ¿sobre qué actúa el poder y la política?), o bien implica que las relaciones privadas son relaciones de poder. En cualquier caso, si se considera como acción política a toda la vida privada, pública, civil y cultural, dicha vida se vuelve sujeto de regulación por el verdadero monopolio del poder político que es el Estado, ya que de otra manera éste perdería su propia autoridad como tal. Y la intervención de la coerción en todo el cosmos social y cultural no será lamentado por quienes han politizado tanto su vida que no ven otra cosa, puesto que se habrá partido de la presunción de que toda la existencia vital sociocultural ya se encontraba no sólo contaminada sino que enteramente fundada sobre el poder. Esta idea izquierdista se encuentra, sin embargo, en la antítesis de la visión de Marx de la sociedad y hasta imposibilita el análisis socioeconómico del capitalismo. Es una noción ligada, en cambio, a la clásica visión schmittiana y voluntarista de la política, que omite la existencia de condiciones y determinaciones necesarias para el poder por parte del espacio público civil-económico, que es lo que genera al Estado de derecho. Según esta visión, la sociedad, o está controlada políticamente por los políticos, o está controlada políticamente por los empresarios (o cualquier otro sector). El planteo olvida que esto último requiere también usar el poder del gobierno, y que hay que aclarar cuál es la causa de que dicho poder sea un problema. Pero dejemos estos sofisticados detalles intelectuales para un futuro artículo. En sus pocos y breves razonamientos, la virtuosa “democracia” se reduce a esto poco más. Se nos dice que, al fin y al cabo ¿no son los políticos la única clase que votamos? Ahora bien, si los empresarios fueran electos ¿encarnarían los intereses de la población civil? Podemos dudar que algún defensor del politicismo admitiría esta sacralización por la vía democrática del sector privado, pero entonces… la cuestión no es la elección. ¿Cuál es el criterio? Los políticos no son defendidos como distintos y superiores a los empresarios por su elección, sino por su naturaleza. Entonces ¿qué es un político?[ii]

Bobada uno sobre la clase política: “si los votamos y tienen un poder sin frenos, son nuestros”. Curiosamente, también se dice que pueden obrar en su interés, pero nunca al servicio directo de sí mismos sino de otros, y que al hacerlo no estarían siendo “propiamente políticos”. La política propiamente dicha se reduciría a aquella en la que nadie tiene poder sobre el político, se nos dice ¡sin mencionar que el poder político, para ser propiamente político, no puede estar, en sus límites y funciones, autodeterminado por el político! Precisamente ésa es la diferencia entre, por un lado, la política, que es la delegación (no la entrega) del poder a agentes legalmente condicionados para ello para ocuparse de los bienes públicos cuando generan conflictos de intereses, y, por el otro, la simple tiranía. Pero parece que ni los derechos civiles ni la voluntad democrática cuentan como límites tampoco. Bobada dos: “son los únicos con intereses en cuidarnos”. Esta frase es de una servilidad casi degustable. Los políticos, cuando pueden sacrificar nuestros derechos individuales a metas colectivas, nos protegen de los empresarios, de las epidemias, de las discriminaciones, de las “fake news”, incluso hasta del propio egoísmo. Pero cuando ya no nos queda nada que consumir, ni salud que cuidar, ni formas de vida para valorar, ni periodismo para realizar ¿qué nos queda salvo el altruismo de sentirnos realizados en el éxito económico, en la salud, en el orgullo, en la capacidad y la voluntad de decirnos la verdad de un funcionario público?

Literalmente, éstos son los pasos mentales de su marxismo de juguete para angelizar la política. Vale la pena dar estos siguientes baby steps sub-intelectuales, porque ni Marta Harnecker –o Honecker, nunca lo recuerdo bien– podría haberlo planteado peor: si los políticos ya no sirven a la protección de los intereses privados ¿a cuáles podrían servir? Si no queda otra clase a la cual servir, y, mejor todavía, si se encargan de acabar con las clases sociales ¿quién quedará para servir? Sí, la respuesta es: “el pueblo”. El “pueblo”, entiéndase por éste: todos los que no tienen propiedad, o tienen tan poca que ¿para qué intentar beneficiarse de ella? El pueblo es, en principio, un sector recortado de la población: una gran masa que no tiene intereses privados sino colectivos. Sus intereses privados, si se liberan, se perjudican mutuamente, y sólo unos pocos terminan ganando (ricos), dejando a la mayoría sin nada (pobre). Sus intereses personales es algo de lo que no pueden encargarse. Para eso está el Estado, con lo cual la única forma de que se realicen los intereses personales de todos, es que todos sirvan en cuerpo y alma al interés colectivo del Estado. Y es por eso que hay que luchar: para que todos vivan en el hospicio que los políticos en su altruismo intentan construir cuando tienen todas las empresas en sus manos conjuntas. Esa es la imagen del socialismo que tienen, y el faro por el cual llevar a sus revolucionarios al poder. Y cuando miran al capitalismo, ven el cuadro de principios del siglo XIX en el que “los asalariados no tienen más que a su prole, y además son la mayoría”, aunque sean sus militantes quienes reviven aquel mundo con sus “repúblicas populares”. En su caso, sin futura sociedad de consumo, sólo de racionamiento.

En estas fechas se cumple un siglo en que dos economistas, apellidados Mises y Brutzkus, denunciaban ¡por separado! (uno en Austria y el otro en Rusia) que el socialismo se reducía a ser un colectivismo político de partido que obtenía posesión de todo mediante su dirección militar o mediante el Estado. Ayer recién, la izquierda de los partidos comunistas les gritaba a coro que semejante acusación era falsa. Hoy, esa misma izquierda afirma que ése es precisamente su propósito y se vanagloria de ello. Todavía no sabemos si su binomio de sociedad penitenciaria y estatismo general es el socialismo real, pero queda claro que ese socialismo es realmente en el que estaban pensando.

Un tercer economista, y sociólogo, apellidado Weber, hace casi exactamente el mismo tiempo y un poco más, le daba más oportunidad a la palabra “socialismo”, pero afirmaba que la única “sociedad” que puede extraer utilidad personal de los bienes colectivos para uso directo de individuos concretos, es la sociedad política, ejército incluido. Que, por tanto, el “socialismo” no puede ser “de Estado” y a la vez de todos, o puede serlo salvo para unos pocos jerarcas. Ayer recién, la izquierda bolche le reprochaba no entender la transición socialista al comunismo. Hoy, esa misma izquierda en versión “siglo XXI” ¡le contesta que sus políticos se enriquecen porque necesitan tener recursos para luchar por la causa!
El paternalismo delirante de los “populismos de izquierda” ya no es una ideología provisoria, sino la definitiva.

Volvamos, pues, a cómo es el mundo en esta estatolatría infantilizada. Sería más o menos algo como lo que sigue. Existe una clase política servicial, y que además es servicial por amor (literalmente, sus propagandistas usan este término: “amor”). Así se justifica sus acciones y el uso discrecional de los recursos que ha obtenido de la gente. Así se justifican violaciones de las libertades civiles y empobrecimientos artificiales. Esta clase benefactora es la clase de los que integran los “gobiernos populares”, cuyos miembros políticos son una extraña raza que bajó del cielo intelectual de las “universidades”. La clase de sociología no termina aquí. No nos aburramos todavía. También existe algo llamado “el Pueblo”, a no olvidarse. Está formado por las “clases populares”, cuyos miembros son… pues, todos aquellos que los políticos populares digan que son. Muchas veces se es parte de ese “Pueblo” (con mayúscula, en lo posible) dependiendo de que se apoye al gobierno popular. Quien no da su apoyo, tiende a ser un problema: o es una parte estúpida del pueblo, o es parte de un pueblo estúpido (que hay que “educar”), o sencillamente no es parte del pueblo: es la parte “no-pueblo” de la población civil, y si se resiste podrá ser condenada como miembro activo del “anti-pueblo”. Otro “anti”, véase, aunque un poco más clásico éste: sirve tanto para definir a los “poderes fácticos”, o sea: las clases altas de cualquier tipo, ya que sino ¿cómo se explica que existan y no las hayan expropiado? “Toda clase dominante es una oligarquía por el solo hecho de existir.” Aquí entran las empresas o, para que suenan más malvadas, las “corporaciones”. Y cuando no queda ninguna gran empresa privada, las “pymes” son los nuevos “kulaks”, hasta llegar a los quioscos.[iii] A la larga, cae en la bolsa cualquier persona que cree que sus intereses privados no pueden estar por debajo de los intereses de los demás, y menos si los dibuja un gobierno, y que actúe en consecuencia. (También se puede confundir “Patria” con Estado, con lo cual ya sabemos quiénes son los “Anti-Patria” y en qué “trabajan” los “patriotas”)

Sigamos: el “Pueblo”, entonces, será servido, a cambio de que trabaje para sostener a la raza de los políticos que “gobiernan para el pueblo”. En principio, el pueblo no deberá hacer mucho a cambio, porque siempre habrá potencial “anti-pueblo” para hacer el trabajo extra. Veamos los diferentes casos: si se trata de un miembro de ese “pueblo” que tiene un negocio que prospera (un empresario, un comerciante), será gracias a que la clase de los “políticos populares” le ha protegido de los que tienen negocios más grandes que el de él (las “corporaciones”), con lo cual todo lo que el Estado le saque no puede ser injusto ni innecesario. Si un miembro de esta población trabaja en relación de dependencia, y gana más o menos bien, será porque “los populares” lo han protegido de toda la clase burguesa de los comerciantes y los empresarios, porque a éstos se les enseña que aquellos también son malos (esto no se le aclara a los primeros). ¿Qué pasa con los que no tienen trabajo o uno marginal? Si el miembro del “pueblo” no tiene trabajo, pues el político popular le hará un favor real. Lo hará con trabajo ajeno, pero lo hará: le posibilitará vivir sin trabajar. Incluso lo fomentará. Le dirá, pues, que si todavía es más pobre que los otros dos “beneficiarios”, es porque no ha conquistado suficientes “derechos”. Cuando todos tengan todos los “derechos”, los asalariados ya no se dividirán entre, por un lado, quienes son tan tontos como para trabajar pensando egoístamente que van a ganar más, y, por el otro, quienes ya están al abrigo del “gobierno popular” sin trabajar. Les dirán que al fin se habrá logrado llegar a Cuba, paraíso sin caridad pero donde persisten la fe, la esperanza y el mercado negro. Se les repite que los pobres ya habrán conquistado todo a lo que podrían tener “derechos”, y un maná de beneficios del Estado lloverá sobre sus cabezas. Pero para eso aquí falta tiempo: habrá que sacarle a las “corporaciones” todo lo que tienen, cuyas ganancias no sirven para otra cosa que para mero lujo de los empresarios, los CEOs, los capitalistas (son todo lo mismo; a esta altura nadie pretenderá una clase de economía).[iv]

¿A quién darle las empresas una vez que se le quiten a los empresarios? Al Estado, por supuesto, ya que la propiedad privada sólo pueden tenerla unos pocos. No hay que poner esperanzas en la propiedad privada, ni tampoco pueden ser las empresas una propiedad de acceso público, ya que sería anárquico. A falta de propiedad común, toda propiedad debe ser colectiva y del Estado. Para neutralizar las alarmas, hay que recordar el mantra: si los votantes no están al servicio de aquellos buenos políticos que siempre ponen al Estado por sobre cualquier interés y derecho civil, entonces serán votantes traidores que estarán al servicio de los políticos que dejan el poder a las “corporaciones”. A votantes de entre 500,000 familias venezolanas sin techo, que festejaron la victoria de la oposición aparentemente no muy contentas a pesar de los logros alimentarios y sanitarios del “socialismo del siglo XXI”, el super-bigote de Nicolás Maduro les contestó por televisión: “Tengo en duda construir viviendas, porque te pedí tu apoyo y no me lo diste”. Seguramente les castigó por dejarse engañar por el imperialismo yanqui en vez del cubano.

El Estado que posee lo que quiere, se encargará de servir al pueblo, porque el Estado “es del pueblo”. Bueno, en realidad, no, ya que el pueblo podría servirse como colectividad pero no a sus miembros. Pero eso no importa… la realidad es que el pueblo no puede poseer nada a través del Estado, y un Estado que lo tiene todo no puede ser nunca de un pueblo que no tiene nada. Menos un pueblo que, en cambio, es posesión del Estado. Pero a no entristecerse, porque ya no hay mentiras sobre la “propiedad de todos”: el Estado socialista está bien seguro en manos de la clase política (la popular) que brega por los intereses del pueblo porque lo posee todo, y esa clase no sirve a nadie más que al pueblo.[v] “Y, profesor, los gobernantes ¿no pueden servirse a sí mismos con nuestro trabajo? ¿O sólo servir al Estado y no a nosotros?”. La pregunta se responde sola: “no, porque ése es el discurso de los ‘anti-política’, que sirven a las corporaciones”. Punto. Y mejor que el alumno no siga haciendo preguntas. Por supuesto, la clase política necesita que alguien trabaje para poder servir al pueblo, así que ésta deberá obligar a la población a servir al Estado, que es servir al Pueblo. Realmente a eso o poco más se reduce toda la argumentación.

Así es el mundo en el cerebro licuado de sus hijos y de los hijos de aquellos a los que no han podido reeducar. Me refiero a esos padres reaccionarios que reclaman patria potestad para que no adoctrinen a sus hijos, porque todavía no creen en la “vanguardia del amor” y en la lucha contra los “agentes del odio”. Por amor a los líderes, esos merecen todo el odio popular (entiéndase: el odio de los “militantes populares”, a los cuales les sobra). Como la fórmula es tan simple, el objetivo tan decadente y su discurso tan hipócrita, ya no se necesita que sus fieles sean fanáticos alumnos norcoreanos y cubanos, medianamente instruidos, o que al menos sepan leer y escribir. Sus actuales alumnos venezolanos, nicaragüeneses, argentinos, y ahora hasta españoles, pueden ser cínicos, mentirosos e interesados, porque los “coachearon” para que crean ser parte de la élite revolucionaria de conspiradores políticos profesionales; y pueden ser ignorantes, brutos e improductivos, porque en su mayoría no se les pide trabajar. No hay que equivocarse, pues. Se trata de un problema de “pobreza relativa”, pero en términos de coeficiente intelectual. Los cuadros kirchneristas no son especialmente inteligentes: es simplemente que sus bases son radicalmente estúpidas. Basta con llenarles la cabeza de fotocopias, darles un cargo en su agencia de colocaciones familiar, y dejarle a ese “núcleo duro” organizar que lobos disfrazados de pastores arreen a gente desesperada por comida. Problema resuelto. Un analfabeto funcional es el corolario perfecto de la doctrina revolucionaria, cuando la doctrina revolucionaria se reduce a legitimar el clientelismo político generalizado. Si a esto se suma ese votante de clase media-alta con aires de déspota ilustrado, podemos entender que llegar a esto no les costó tanto trabajo.

Si nuestros hijos –piensa el ingenuo votante medio– repiten lo que les enseñan esos cultivados académicos que son sus profesores de secundaria, entonces deberá ser verdad. Para eso los manda a la escuela, porque ésta representa el conocimiento que él no tiene. Allí son imparciales y objetivos. Y, si allí mismo les enseñan que no hay tal cosa como la objetividad, que la verdad y la mentira dependen del bando en que se esté y que hay que tomar partido en una batalla social por los políticos que “representan al campo popular”, que sumar y restar no es importante, y que reprobar a un alumno es una forma de discriminación, pues entonces, por algo será. Si el Estado se encuentra secuestrado, no importa. Como no hay un partido único dirigiendo el país, cambiándole hasta su nombre y convirtiendo cada dependencia estatal en un destacamento político ¿dónde está el totalitarismo? Si, en cambio, tenemos una suma de militantes adiestrados bajo órdenes de una red internacional organizada, pues entonces no hay nada que temer. Y si acaso alguien teme, se le contesta: ¿acaso un miembro del Estado debe ser un político sumiso que no eduque a su pueblo, que no se ocupe de decirle qué es verdad y mentira, que no responda a Verbitsky y a la dinastía de los Castro? ¿Acaso un miembro del Estado debe ser un burócrata abyecto que se rige por reglamentos basados en leyes públicas y códigos, en vez de ser miembro de La Cámpora y servir con disciplina a la causa?

A pesar de la sorna, tengo esperanzas en que la manzana podrida les caiga en la cabeza. No se trata simplemente de que valoren más su vida personal y respeten la de los demás, esto es: que sean un poco más civiles y un poco menos políticos; que piensen un poco más en la naturaleza de la economía y no en hacer un elefante del Estado. No, no se trata sólo de eso. Se trata, además, de que incluso están dilapidando lo bueno que podría haber en su interés casi devoto por la política, porque no es precisamente política lo que están adorando, y no es precisamente un Estado eficiente y subsidiario lo que ayudan a afianzar. Para eso cerraré este artículo con una recomendación bibliográfica, que vale en realidad para todos mis lectores, ya que incluso quienes piensan parecido a mí dudo que hayan sabido cómo contestar a los dislates del politicismo. Los libros son: Politics: A Very Short Introduction de Kenneth Minogue y Totalitarianism: Key Concepts In Political Science de Leonard Schapiro. Quizá entonces se den cuenta de que son precisamente sus doctrinas totalitarias las que realmente adulteran y destruyen la misma naturaleza de la política y de lo estatal, en función de la ideología y de lo partidario.

Por Pablo Martín Pozzoni