Fuente: Expansion.com

Los sucesos de los días previos a la investidura presidencial de Joe Biden terminaron por evidenciar la verdadera transición de poder que venía ocurriendo desde hace algún tiempo en Estados Unidos. Una transición incluso más significativa que la del cambio de dueño del Despacho Oval, en la medida en que en lugar de recambiar dos piezas que operan dentro del sistema democrático (la salida de Trump y la llegada de Biden), señaló el fin parcial del sistema en sí mismo, para dar paso a uno diferente.  

La democracia en América, en efecto, parece alejarse cada vez más de aquel régimen que se ocupó de elogiar Alexis de Tocqueville. Las antiguas instituciones esenciales de la estructura democrática están siendo lentamente desplazadas para ser sustituidas, de facto, por la voluntad del “cuarto poder” y los mandatos de las Big Tech. En el momento en que los grandes medios de comunicación, de forma coordinada, nombraron presidente a Biden, previo a que la Justicia pudiera expedirse sobre un proceso electoral que había sido puesto en duda por fraudulento, la vieja democracia fue intervenida. Asimismo, la censura sistemática sufrida por Trump en las redes sociales jugó entonces un rol significativo: se lo calló online para matarlo políticamente offline. Una pregunta ha quedado sobre la mesa para todos: si quien se supone que es el hombre más poderoso del mundo puede ser callado arbitraria e instantáneamente, ¿qué queda entonces para el resto de los miles de millones de simples mortales, usuarios de las mismas redes sociales y sometidos, por lo tanto, a idénticas reglas que en verdad no son más que elásticas voluntades ideológicas de los censores de turno? 

La respuesta es más compleja de lo que a muchos les gustaría admitir. Lo ocurrido en Estados Unidos es el ejemplo más patente de la problemática que se intenta denunciar, pero lejos está de encontrarse limitada a este país. En coincidencia con lo hecho por Tocqueville en su tiempo, “América” es aquí un pretexto que nos permite enfocarnos en el verdadero asunto: la democracia. Más precisamente, interesa la transformación en la dinámica de poder de los sistemas democráticos en todo Occidente, hoy doblegados ante un proceso homogeneizador que, a pesar de haber surgido espontáneamente como consecuencia de la revolución de las tecnologías y la (todavía reciente) aparición de las redes sociales (Facebook, por ejemplo, no cumple 20 años de existencia), dio también nacimiento a una neo-oligarquía que se dedica a regular la vida digital, en un mundo que ya no distingue entre lo digital y lo real.

De tal forma que nos encontramos en los albores de una edad igualitaria inédita. Nunca, ni siquiera en el más totalitario de los gobiernos ensayados, existió la posibilidad de control y designio social que existen hoy en día. En este sentido, son dos los elementos que convergen para hacer posible tan distópico escenario: las mencionadas nuevas tecnologías como herramienta, por un lado, y el individuo posmoderno occidental, como sujeto, por el otro. Ocurre que, a diferencia de antaño, los pretendidos iluminados de nuestros días poseen a su favor facilidades de vigilancia y control inimaginables décadas atrás. El método de “premios y castigos” implementado a través de “créditos sociales” en China, es solo un ejemplo de cómo puede funcionar la tecnología aplicada al control total de los individuos en las sociedades modernas. Se afirmará que China no tuvo la tradición democrática que sí tuvo, en cambio, Occidente, por lo que no puede ser tomada como parámetro. Pero he allí la relevancia de nuestro segundo elemento. Occidente ya no tiene quienes sostengan aquella tradición, pues el sujeto posmoderno no entiende de tradiciones y sólo puede vivir un presente puro y caótico, como argumentó Fredric Jameson. El sujeto posmoderno fue “reseteado”, mandado a “deconstruirse”, y está listo para ser reconfigurado, moldeado junto a miles de millones de semejantes en análogas condiciones. 

Todo esto no implica que se esté poniendo en pie de igualdad las situaciones que, en términos de libertades individuales, atraviesan el Occidente de las Big Tech y la China del régimen comunista. Plantear esto sería, al menos por ahora, un exceso. Lo que se hace, empero, es denunciar el peligroso viraje del “mundo libre” hacia la aceptación tácita de nuevas “instituciones privadas” que, operando en el espacio público democrático, demarcan cada vez más las fronteras de lo decible y lo publicable (bajo la amenaza implícita de censurarnos o directamente banearnos de las redes sociales -y por lo tanto del espacio público digital-), homogeneizando el pensamiento y generando, en última instancia, que lo igual prolifere sin límite alguno. Todo esto deriva en resultados similares a los obtenidos bajo regímenes autoritarios. 

De este modo, las supuestas cualidades hiperdemocratizadoras de las redes sociales, y el hecho de que sean propiedad de “empresas privadas”, encantaron desde un comienzo a un Occidente liberal incapaz de sopesar las repercusiones que en el futuro cercano podría tener la digitalización del espacio público. Incluso hoy, casi un mes después de la citada censura a Trump, son muchos los autodenominados liberales notablemente desorientados respecto de qué postura tomar ante lo sucedido. A ellos, como a todos, es necesario recordarles que allí en donde se reproduce la igualdad, sea bajo el ropaje que sea, lo hace en detrimento de la libertad. Pues se trata de una igualdad que deviene de la censura y, necesariamente, arrastra al discurso único. Así, se elimina lo alternativo, lo singular, la posibilidad de disenso como elemento constitutivo e indispensable de toda democracia. El desierto de lo igual es lo que queda, en donde lo que predomina es la constante reproducción de lo filtrado, de lo que fue autorizado y no censurado.

En este contexto, como conclusión, conviene advertir sobre la aparición de nuevos actores, con nuevos disfraces, pero con viejas intensiones, cuya pasión igualitaria se muestra inmutable. Pasión que es insaciable hoy como lo fue en tiempos de Tocqueville, haciendo, a decir de este, que los hombres “no cimenten jamás una igualdad que les baste”. Reconocida la amenaza, en definitiva, de nosotros depende que la democracia que supo mediar entre los eternos problemas de libertad e igualdad continúe logrando la preeminencia de aquella sobre esta. 

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