El viernes 24 de agosto al mediodía, María Rosa Lencina, vecina de la Villa 31,  llega en ambulancia al hospital Fernández. La acompañan su tía Norma y, dentro de su vientre, su bebita Aylén de ya 9 meses de gestación. Había empezado a sufrir ese mismo viernes unos dolores abdominales muy fuertes.

El martes 21 de agosto se había hecho su última ecografía. Habían logrado conocer el sexo de su bebé. Desde ese día se terminaron las dudas, quien venía en camino era Aylen. En la ecografía se vio la cicatriz de la cesárea anterior, la que alumbró a su hijo Facundo de 5 años. La fecha de parto era para la primer semana de agosto y se vislumbraba que iba a ser por cesárea nuevamente.

Hasta el viernes 24 venía todo bien. Un embarazo sano. Tras comenzar con esos dolores -sin motivo aparente- recurrieron a la guardia y cuando llegaron al hospital tuvieron una cálida bienvenida del personal de seguridad que no quería dejarlas pasar porque “estas vienen de la 31, tienen todos coronavirus”.

Norma les explicó que les hicieron los hisopados y salieron negativos, y que ellos se cuidaron mucho porque estaban viviendo con María Rosa embarazada.

Las dejaron pasar, la pusieron a esperar en una silla en un pasillo y nunca logró entrar a ser atendida en un consultorio. Le hicieron un análisis de sangre y de orina. Le inyectaron un antiespasmódico para que le afloje el dolor, pero cuando ella estaba ahí, tirada en una silla con la panza dura y sufriendo dolores insoportables le dijeron “que quizás estaba exagerando”. Se turnaban para “atenderla” en el pasillo dos médicas, posiblemente residentes, del área de obstetricia.

Cuando Norma reclamó que le hagan una ecografía y les dijo que su sobrina no estaba exagerando, salió ese dardo venenoso que duele más que el dolor físico: “Lo que pasa es que es una maricona”. Luego de 8 horas en ese pasillo y recomendándole que tome Buscapinas para el dolor, las mandaron a su casa.

Le dijeron que estaba todo bien, que volviera el lunes a programar la cesárea y que sólo tenía que venir a la guardia si tenía un “sangrado profundo”. Los análisis de sangre ya mostraban los glóbulos blancos altos pero a las dos médicas no les importó. Está clarísimo: si venís de la 31 “tenés coronavirus” y todos sabemos que es la única enfermedad que existe desde el 19 de marzo. Desde que empezó la cuarentena sólo se puede pisar el hospital por coronavirus o por algún servicio esencial como el aborto. Evidentemente para este servicio de obstetricia, parir dignamente no es esencial ¿Acaso hay que estar desangrándose para ir a una guardia si estás embarazada en la Ciudad de Buenos Aires?

Las dejaron en la calle una hora esperando un remís, porque “las ambulancias estaban ocupadas”. Llegaron a su casa cerca de las 10 de la noche, Norma la bañó y la acostó. Por efecto de los calmantes que le inyectaron en la guardia, esa noche María Rosa pudo dormir algunas horas. A las 7 de la mañana volvieron los dolores pero aún peores. Llamaron a la ambulancia: “Están todas con pacientes con coronavirus, tómense un remis” fue la respuesta. Durante dos horas llamaron y buscaron remis pero no hubo caso. Recién cerca de las 12 del mediodía un vecino se ofreció a llevarlas al Hospital, y ya sabiendo lo que había pasado el día anterior, Norma pidió que las lleven al Hospital Rivadavia.

En el Rivadavia la atención fue inmediata. La ingresaron y luego de un rato salió el médico a hablar con la familia. “Si tienen alguna religión, empiecen a rezar, la bebé ya estaba muerta pero estamos haciendo todo lo posible por salvar a la mamá”. Shock. Ideas revueltas. Un espasmo en el corazón y mentes nubladas. Pensar que sólo unos días atrás habían visto a Aylén muy tranquila en la panza de su mamá, sin saber que la negligencia y la discriminación del Fernández iban a acabar con su vida.

Pero eso no fue todo. Al cabo de otro rato -que se hizo interminable, según cuenta su familia- el médico salió con la peor noticia: su corazón no resistió un infarto a causa de la hemorragia interna y un coágulo circulando por sus venas complicó todo. Los dolores que habían comenzado el viernes se debían a que a María Rosa tenía desgarrado el útero donde estaba la cicatriz de su cesárea anterior.

Ahora ambos cuerpos están en la morgue del Rivadavia y no les permiten llevarlos a Formosa, donde se encuentra toda la familia de María Rosa.

¿Hasta dónde puede llegar la falta de humanidad?¿Acaso pisotear los derechos de los más vulnerables, de los que no gritan y no se imponen, de los que aceptan lo que dice el médico sin discutir, es gratuito y no tiene consecuencias?

María Rosa es hoy para el Estado un número más dentro de la estadística de mortalidad materna. Lo que las estadísticas no dicen es que cuando se muere una embarazada con su bebé, todo a su alrededor se muere. Si el cuerpo médico del Fernández hubiera hecho su trabajo se hubieran salvado las dos vidas y hoy el final del cuento sería otro. Mientras las políticas públicas sean para la tribuna y no sean realmente para las mujeres, vamos a seguir muriendo como perros queriendo parir o pariendo en el pasillo de un hospital, muriendo mientras nos dicen que “somos unas mariconas” cuando tenemos un desgarro en el útero.

Porque -digamos todo- si María Rosa no hubiera sido pobre o no hubiera venido de la villa 31, la historia sería distinta. Porque las que mueren pariendo como en el siglo III a. C. son las pobres. Porque no hay que irse muy lejos para encontrar la mortalidad materna signada por la barbarie y la violencia. Parece que es más importante garantizar “las ILE” para que una élite se sienta tranquila con su conciencia pidiendo aborto para las pobres cuando las pobres sólo quieren parir y vivir con dignidad. Eso se llama cargo de conciencia de clase.

Maria Rosa y Aylén pagaron con el incalculable precio de su vida la negligencia y el horror de la violencia obstétrica, de la falta de prioridades de un hospital vacío, de la ineptitud de quienes nos dirigen con sus políticas sanitarias inconducentes, del slogan superficial en que transformaron la mortalidad materna para la oligarquía progre que no tiene idea lo que pasa en las villas de nuestro país y nuestra ciudad.

Hoy su ausencia le pone rostro al horror de miles de mujeres pobres que ven de lejos, como si fueran de otra galaxia, los absurdos discursos y proclamas de género desde los lustrosos escritorios de los políticos argentinos que hacen poco y nada por ellas y sus hijos.

Justicia por María Rosa y Aylén que merecían vivir -y vivir dignamente- pero recibieron las migajas de un Estado abandónico.

 

1 Comentario

  1. Tristísimo episodio de una deshumanización que corre como mancha de aceite. Tristísimo. ¡En plena ciudad civilizada! ¡Abandono tan escandaloso!
    Que no queden impunes actos que nos ofenden y lastiman profundamente como ciudadanos libres. No nos resignemos a una herida más.
    No descuidemos ningún detalle de amor al prójimo: grande o pequeño.
    Ocupemos el lugar que nos toca con dignidad de hombres y mujeres de bien en esta arremetida de maldad e indiferencia.
    Que nuestra respuesta sea “No miraré para otro lado.No me callo. No me resigno. No pasarán.”

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