Por David Yedlin

Persuadir es un imperativo moral. Suena raro, ¿no? Normalmente cuando pensamos en personas persuasivas, nos imaginamos manipuladores, estafadores, personajes maquiavélicos que buscan convencernos a través de la mentira y el engaño. Resulta contraintuitivo pensar en persuadir como un acto moral. Sin embargo, cualquier persona que tenga un mensaje que considere moralmente obligatorio transmitir debe necesariamente poder transmitirlo de la manera más efectiva posible.

El caso más icónico de esto son los misioneros religiosos. En la fe cristiana en particular, la labor del misionero es de suma importancia; sobre sus hombros descansa la salvación de las almas de su público, y esto depende en gran medida de su habilidad de persuadir ¿Cómo entonces podría considerarse que ser persuasivo no es no solo preferible, si no moralmente imperativo? Si de acuerdo con la creencia cristiana hay almas en juego, ¿cómo no hacer todo lo posible para ayudar a su salvación?

Teniendo esto en cuenta, el no hacer todo lo posible para persuadir al prójimo necesariamente debe ser considerado un pecado de omisión. La labor misionera cristiana hoy en día se la ve con escepticismo, y se considera a los misioneros cristianos como personas ingenuas e idealistas en el mejor de los casos, y como estafadores que se aprovechan de personas fáciles de persuadir en el peor de los casos. El misionero estadounidense John Allen Chau fue asesinado el año pasado en la remota Isla Sentinel del Norte, India, al intentar convertir a una tribu nativa; cuando se dio a conocer el caso, fue duramente criticado y ridiculizado por el público general, incluyendo otros cristianos protestantes de su comunidad. Sin embargo, aun siendo judío agnóstico, entiendo perfectamente qué fue lo que lo llevó a misionar, y en todo caso me resulta sorprendente que otros creyentes como el tengan dificultad de comprenderlo. Si uno es creyente y cristiano, uno cree realmente que esparcir el cristianismo se traduce directamente en la salvación de las almas; no debería sorprender entonces que los misioneros arriesguen sus vidas esparciendo su religión.

Una lógica similar se puede encontrar en la lucha contra el cambio climático. Aquí tenemos un mensaje que, similar al de los misioneros cristianos, se considera de una importancia existencial. Un mensaje de tal peso que de no ser escuchado por gran parte de la audiencia mundial puede traer consecuencias severas para el planeta entero. Ciertamente, un mensaje del que depende el futuro de la Tierra (según aquellos que realmente lo creen) debería ser tomado con responsabilidad y cuidado de poder ser comunicado a la mayor cantidad de personas posibles.

¿Y a quien tenemos como misionera principal en la evangelización por el cambio climático? A Greta Thunberg. La chica sueca de 16 años es la líder indiscutida en la comunicación del peligro que posa el cambio climático. ¿Y que tan buena es en su rol como comunicadora? Un desastre. En su discurso más famoso, dado ante la ONU, Greta comete el pecado capital de insultar a su audiencia. “Cómo se atreven” anuncia furiosa, acusando a los líderes de los países (e indirectamente al público en general) de haberle “robado la infancia”, entre otras acusaciones que se hicieron famosas.

Hacer uso del discurso negativo, ser abiertamente hostil y usar ataques en los discursos no es una mala herramienta de persuasión; Trump lo hace todo el tiempo en sus discursos. Sin embargo, estas herramientas se vuelven anti-persuasivas cuando se usan para atacar al público al que se busca convencer. Es una de las reglas más obvias de comunicación, cualquier persona con sentido común puede intuirla. Sin embargo, Greta, con el ejército de guionistas, consultores y agentes de imagen ignora por completo esta regla, e inmediatamente se gana la antipatía de cualquier persona que no esté ya convencida del mensaje que buscaba comunicar.

En este sentido, Greta cometió el grave pecado de no saber persuadir. Por su culpa (o, mejor dicho, culpa del equipo que escribe sus discursos), el mensaje del cambio climático lejos de ganar adeptos donde antes no los tenía, se ganó la hostilidad de personas que quizás podrían haber sido convencidas por un mejor orador. Considerando la importancia que este mensaje tiene para los que realmente creen en él, es difícil de imaginar como pudo pasar que tal error de comunicación haya sido permitido en primer lugar. Si el mensaje puede determinar el futuro del planeta entero ¿cómo pudo permitirse antagonizar al público al que se supone que se debe convencer?

Uno puede asumir que simplemente fue un error de cálculo, que realmente se pensó que un discurso hostil comunicaría la urgencia del cambio climático y convencería al público. Pero existe una interpretación alternativa; nunca se buscó convencer a los indecisos en primer lugar. Un discurso negativo y hostil como el que dio Greta ante la ONU sirve para otra cosa: enardece a los que ya están convencidos. Si bien el discurso formalmente estaba destinado a los líderes de los países presentes, los verdaderos receptores del mensaje fueron aquellos ya convencidos de que el cambio climático es una amenaza real para el planeta.

De la misma manera que Trump ataca a los demócratas en sus discursos, Greta ataca a aquellos a quienes identifica como los responsables del problema del cambio climático como una estrategia de persuasión. Si bien esta estrategia no suele aumentar el número de personas que siguen al mensaje, ayuda a mantener la cohesión de aquellos que ya estaban convencidos aportando un enemigo al que culpar. Es una estrategia vieja como la política misma que todos podemos entender cuando nos damos cuenta de que está ocurriendo. Al mismo tiempo, esto permite a Greta solidificarse como la líder de la lucha contra el cambio climático en la mente de quienes ya estaban convencidos de la causa antes de que ella hiciera su aparición mediática.

Teniendo esto en cuenta ¿Se puede decir realmente que Greta cometió el pecado de no saber persuadir? La respuesta depende de lo que asumamos que ella y su equipo tiene como objetivo principal. Si su objetivo era esparcir el mensaje del peligro del cambio climático al mayor número de personas posible y convencer al público general, Greta se puede considerar como una pecadora a los ojos de quienes comparten su mensaje. Al usar un lenguaje hostil contra aquellos a los que ella debería buscar convencer, solo logró antagonizar a aquellos que no estaban ya convencidos del peligro del cambio climático, perjudicando la causa que milita.

Si, por el contrario, asumimos que lo único que Greta y su equipo buscaban era mantener el grupo de convencidos y solidificar a la joven sueca como la cara visible y representativa de la lucha contra el cambio climático, no podemos decir que sus acciones no fuesen estratégicas. Al polarizar la audiencia, logrando que de un lado de la grieta se la considere como una santa salvadora del planeta y que del otro se la considere un niña-títere malcriada, Greta logró que su nombre esté en boca de todos. Ya casi no se puede hablar de la lucha contra el cambio climático sin hacer referencia a ella, ya sea que uno esté a favor o en contra de su mensaje.

Santa o pecadora, el nombre de Greta Thunberg ha llegado más lejos que su mensaje. Aquellos seguidores más sensatos probablemente se den cuenta que la joven sueca perdió la oportunidad de persuadir a los indecisos del peligro existencial que, para ellos, implica el cambio climático. Una oportunidad que, por otro lado, fue utilizada para consagrar a Greta Thunberg como líder de su movimiento. Santa o pecadora, pero no tonta.

*Imagen de portada: https://twitter.com/GretaThunberg/status/1204450903975223296

Sobre el autor: David Yedlin es Licenciado en Ciencia Política y Gobierno por la Universidad Di Tella. Estadounidense criado en Argentina, cursó estudios en China y actualmente trabaja en consultoria estratégica para comunicación política en Argentina.