China está invirtiendo dinero a gran escala en varios proyectos de infraestructura en Latinoamérica y África, lo que redunda en la mejora de las relaciones comerciales con los países de esas zonas. Sin prisa pero sin pausa, el país asiático avanza en el mapa geopolítico.

Por Mariano Chaluleu

La (original) ruta de la seda es una red de múltiples sendas comerciales que van desde China hasta el mar mediterráneo. Sus primeros usos datan del siglo I AC, cuando las confederaciones de pueblos nómadas que habitaban en la zona de la actual frontera entre China y Mongolia buscaban expandir sus actividades hacia el oeste. El producto más comercializado era la seda china, que le dio nombre a esta ruta. Esta seda era la mercancía de excelencia. Luego, telas de lana, piedras preciosas, y productos de numerosos rubros entraron en el área de tránsito, transformando el trayecto en un pasaje de artefactos muy codiciados y de alto valor. A raíz de esto, la ruta ha ganado su mística: historias de ladrones que robaban cargamentos, cuentos de cómo creció el intercambio cultural, y teorías de cómo la ruta ayudó a promover religiones como el hinduismo y el islamismo.

Hago una pausa, y párrafo aparte, para luego hacer un largo salto en el tiempo.

El Siglo XXI tiene su propia versión de la Ruta de la Seda, se llama BRI (Belt Road Initiative) y está ideado por China. El BRI es un proyecto para la expansión del comercio en el cual varios países asiáticos están trabajando en conjunto. El gobierno Chino tiene intereses que van más allá de la reactivación de la antigua ruta. Por ejemplo, expandir el trayecto hacia nuevas regiones, como Latinoamérica y África.

En pos de realizar esto, China está desarrollando mayor confianza y comunicación con países de estas regiones a través del financiamiento de numerosos proyectos de infraestructura en estas mismas. Dentro de los más conocidos, se destaca el cuartel científico ubicado en la Patagonia argentina. También, el país asiático acordó invertir en la construcción de Atucha III. No solo hay indicadores de presencia soft china en Argentina. En Ecuador, por ejemplo, se está reconstruyendo el aeropuerto ´´Eloy Alfaro´´(severamente dañado por el terremoto de 2016) con capitales de la potencia asiática. Asimismo, empresas de origen chino han invertido en la modernización de las represas eléctricas Jupiá e Ilha Solterira en Brasil, compraron acciones de la eléctrica chilena Transelec, y aportaron capitales para la explotación del Litio en el país trasandino. Por último, se suman las firmas de TLCs con Perú y Chile, que solidifican las relaciones comerciales con la región sudamericana.

En África sucede lo mismo. Países como Kenia, Etiopía y Djibouti también se renuevan gracias a capitales chinos. De la capital de Djibouti sale un tren que termina en Addis-Ababa, la capital de Etiopía. Y de Addis-Ababa sale otro ferrocarril con destino a Nairobi, Kenya. Adicionalmente, se invirtieron 14 billones de dólares estadounidenses en Djibouti para la construcción de la primera base militar China en territorios de ultramar.

Este proyecto trae buenas noticias para Sudamérica y los mencionados países africanos. Trae consigo una renovación de infraestructura obligada que mejora tanto la calidad de vida como el desempeño del comercio interregional. Además, genera una importante oferta de nuevos empleos y ofrece préstamos de desarrollo.

Pero la repentina aparición de capitales chinos en nuestra región tiene varias implicancias que van más allá de los beneficios inmediatos que podamos tener. Los préstamos pueden ser mal utilizados y provocar que algunos países se encuentren con endeudamientos. China también tiene una agenda de intereses estretégicos. Tener influencia en Sudamérica (y el resto del mundo) le ofrece más recursos, y la acerca más a una condición de hegemonía mundial. Esta condición  puede incomodar a EEUU, que podría tomar medidas para no perder terreno en la región que considera como su ´´patio trasero´´.

El Belt Road Initiative puede traer consigo muchos cambios para américa latina. El potenciamiento de nuevas industrias (litio, tecnología), mayor oferta laboral, y mejoras en la infraestructura son algunos de ellos. Los países latinoamericanos van a ganar un socio comercial importante que además se encarga de financiarle varios proyectos de innovación tecnológica.  China, por su parte, va a ganar socios comerciales y políticos que le pueden ser de mucha utilidad en un futuro cercano. Además, va a conseguir un importante avance geo-político (su principal objetivo), que puede alterar el dominio estadounidense y ser el pie de partida para un mundo de dos hegemonías, y no una. No podemos saber si –en el largo plazo- abrirle las puertas a China nos va a brindar más satisfacciones que preocupaciones. Por eso, en el estudio de las relaciones internacionales, nada puede quedar fuera de análisis.

 

Sobre el autor: Mariano Chaluleu es Licenciado en Ciencias de las Relaciones Internacionales por la universidad Hankuk University of Foreign Studies de Seúl, Corea del Sur. También, ejerce como profesor del idioma coreano en institutos privados de enseñanza de idiomas.