Existe un antes y un después del 18 de octubre para Chile. Antes de esa fecha nefasta, el país era considerado como el mejor de Latinoamérica: la mejor educación (los mejores resultados de la prueba PISA), la mejor salud (el único país de la región que tiene una esperanza de vida de 80 años), mayor calidad de vida, etc. Después de esa fecha, Chile pasó a ser un país tercermundista donde la violencia y los saqueos predominan en la vida cotidiana y nadie puede hacer nada para evitarlo sin que se los considere como “violador de los derechos humanos” (como le pasó al presidente Piñera).

Por Esteban Zapata

Lo que comenzó con una protesta por parte los estudiantes secundarios por el alza del pasaje del metro (que a ellos no les afectaba en lo más mínimo), terminó convirtiéndose en un caos social que la izquierda aprovechó para convertir las protestas en un supuesto “despertar de Chile”. El nivel de violencia fue algo nunca visto en este país. Se quemaron 80 estaciones del metro, destruyeron supermercados, farmacias, ópticas y bancos (evidencia de la visión anti-capitalista de las protestas) y por lo menos 70 edificios públicos fueron quemados o destruidos: juzgados, municipalidades y registros civiles. También destruyeron 100 monumentos históricos, incluidas estatuas de los conquistadores españoles y quemaron iglesias católicas y evangélicas.

La prensa, la televisión, los artistas y los famosos fueron parte integral del éxito del “movimiento social” y siguen hasta el día de hoy apoyando a los “despiertos”. Varios periodistas hablaron de crear un “nuevo pacto social” en los primeros días (mientras los chilenos observaban con horror los saqueos) y posteriormente fueron los primeros en aplaudir la instauración de un plebiscito para abril para determinar el mecanismo de cómo se debe escribir la constitución. Ahora ellos exigen cuotas de género y escaños reservados para  pueblos originarios, demostrando que la defensa de la democracia que hacen los periodistas es solo en el nombre.

Y todo indica que esto se venía venir: nuevos movimientos políticos formados a partir de las protestas estudiantiles del 2011 (como el Frente Amplio, aliado del kirchnerismo y de Podemos de España) pasaron a ganar en popularidad gracias a los jóvenes menores de 30 años, desconectados de la realidad que los rodea. Estos partidos han dinamitado la democracia chilena, hasta el punto en el cual ellos prefieren  que Chile “parta de cero”, es decir la sociedad chilena que vive en ”desigualdad” ahora supuestamente va a vivir en “libertad” gracias a una nueva constitución que les garantice los “derechos sociales” que el “pueblo exige.

El problema es que el pueblo chileno se quedó en sus casas durante las protestas. Los que salieron a las calles a protestar fueron: el lumpen, las barras bravas de fútbol, los narcotraficantes, los activistas de izquierda y los “tontos útiles” que creyeron que las protestas eran para mejorar las condiciones “infrahumanas” en el que vivían. Ahora estos últimos pierden su empleo (100 mil personas solo en noviembre), a 13 mil personas se le canceló sus cirugías (y no se les ha recalendarizado su situación), y su calidad de vida ha sido mermada.

El otro problema es que el presidente de centro-derecha, que fue elegido como el “mal menor” en las elecciones del 2017, abandonó su propio programa para intentar salvarse después de una gran marea de gente saliera a las calles a una semana de comenzar las protestas. El anuncio de cambiar la constitución para hacer un “Chile más justo” hecha en noviembre, y que luego los partidos políticos de todo el espectro político (menos el partido comunista) firmaran un acuerdo por la “paz”, no cambió absolutamente en nada la situación en las calles y tampoco calmó la polarización extrema que se vive en Chile.

Los jóvenes millennials y Z están convencidos que no se logrado nada, producto del adoctrinamiento que ha hecho la izquierda y de una salud mental deteriorada, que los lleva hacia el socialismo. Ellos quieren una asamblea constituyente a la Venezuela y deshacerse del modelo económico chileno. Y como eso no se ha alcanzado, siguen en las calles haciendo protestas de forma violenta (una de las consecuencias de ello es que la concurrencia a estas marchas es cada vez menor). Ahora la izquierda prefiere romantizar a la “primera línea”: jóvenes sin identidad propia, la gran mayoría hombres, que combaten contra el orden público y creen que su comportamiento es heroico. Básicamente son utilizados como carne de cañón para engañar a la población, haciéndoles creer que ellos son víctimas de la “represión”.

No olvidemos también la gran cantidad de noticias falsas que han perjudicado la credibilidad de Chile: nunca hubo un centro de torturas en el metro Baquedano y en el Mall de la ciudad de Quilicura, nunca hubo 354 personas que perdieron la vista (solo se acreditaron 7 y no pueden con certeza atribuir esos sucesos a los perdigones de carabineros), la mimo nunca fue asesinada y violada por carabineros (hubo una carta de suicidio por parte de ella, pero eso no impidió que se creara la infame canción “el violador eres tú” por este caso), nunca hubo desparecidos (a todos los encontraron en sus casas) y se exageró la cantidad de muertos (la gran mayoría murió producto por asfixia producto de los incendios).

El derrumbe de Chile demuestra la razón del por qué el libre mercado y la libertad necesita de un orden moral que lo proteja. En los últimos 10 años la visión progresista y estatista dominó la narrativa política, en desmedro de la visión libertaria y conservadora. Desde la instauración de la gratuidad universitaria (con reformas tributarias incluidas) hasta la aparición de la ley de identidad de género, la izquierdización de Chile fue incontrolable. Hasta el propio liberalismo chileno prefirió abandonar sus principios y ahora habla en contra del modelo “neoliberal”.

Pero no solo es el derrumbe de Chile, es también el principio del derrumbe de toda Latinoamérica. La izquierda de la región ya entendió que no necesita ganar las elecciones para imponer sus ideas y que solo necesitan salir a las calles de forma violenta para conseguir lo que quieren. El futuro es poco prometedor y todo indica que en los siguientes años esto no mejorará, sino que empeorara cada vez más.

Imagen de portada: Deutsche Welle.

Sobre el autor: Esteban Zapata es egresado de la Universidad de la Frontera de Chile como biomédico. Además es columnista del PanAmPost.