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El régimen teocrático de Teherán busca desarrollar armas de destrucción masiva para asegurar su supervivencia. Tras la retirada de EE. UU. del acuerdo nuclear con la llegada de Trump, los persas buscan seducir a China.

Planta de enriquecimiento nuclear iraní de Natanz, dañada. Fuente: nytimes.com

 

Han pasado cinco años desde que las potencias occidentales firmaron el fatídico acuerdo nuclear con Irán, y dos años desde que Donald Trump retiró a Estados Unidos del tratado.

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El pasado jueves dejó un acontecimiento que pasó desapercibido por los grandes medios tradicionales: Irán reconoció daños provocados en forma externa a uno de sus principales complejos nucleares: Natanz. Israel es uno de los principales acusados del boicot.

Esta noticia no es un hecho aislado: en los últimos tres meses, en plena pandemia del coronavirus (Irán es uno de los países más afectados) se han reportado múltiples explosiones, accidentes y sabotajes en las principales plantas nucleares iraníes. El país de Medio Oriente quiere volver a la escena en un contexto de nueva “guerra fría” entre China y Estados Unidos.

 

El plan de Irán

 

Irán tiene un plan claro: tras la retirada estadounidense del acuerdo nuclear, busca reanudar su programa con la ayuda de China. La Unión Europea, Reino Unido Alemania y Francia aún ratifican dicho acuerdo, pero nada pueden hacer para contradecir a la Casa Blanca. Putin, por su parte, no parece interesado en dar rienda suelta a las fantasías del régimen teocrático, por lo que Pekín, en creciente tensión con Washington, luce como el aliado más evidente.

El plan “B” parece haber impactado, en primer lugar, a Israel, pero también a la administración Trump. Aunque a primera vista parezca previsible o comprensible que China, en plena guerra fría con EE. UU., utilice a Irán en su ofensiva, apoyar su proyecto nuclear es, cuanto menos, temerario.

Esta nueva táctica del régimen que lidera el ayatolá, Alí Jamenei, llevó al gobierno israelí y estadounidense a reordenar sus prioridades en Medio Oriente. A pesar del peligro que supone el Partido Comunista de China, la máxima prioridad vuelve a ser impedir, por todos los medios, que Irán obtenga armas nucleares.

Washington no puede darse el lujo de tener otra Corea del Norte en el Golfo Pérsico, y el resto de Occidente tampoco. Pero Teherán parece decidido, junto a la irresponsable ayuda de Pekín, a formar parte del totalitarismo nuclear global al que pertenecen Rusia, la propia China y Corea del Norte.

El ayatolá de Irán, Alí Jamenei, y Xi Jinping, Secretario General y líder del Partido Comunista de China. Fuente: xinhuanet.com

 

Como se resaltó al principio, en los últimos tiempos se vienen reportando explosiones, accidentes y sabotajes en instalaciones nucleares iraníes. El ayatolá parece coincidir con la denominación de “accidentes”, pero sin dejar de especular con una responsabilidad israelí en los fallos producidos en las principales plantas del país.

Ningún analista geopolítico o persona interesada en el equilibrio de poder en el mundo pareciera percatarse de un hecho inédito: estamos ante el desarrollo de una guerra posmoderna, del Siglo XXI. Lo que algunos llaman guerra electrónica y que Israel, junto a Estados Unidos, parecen estar tomando la ofensiva para contrarrestar al poderío totalitario en ascenso.

 

 

Irán se encuentra en una situación muy parecida a la que vivió la Unión Soviética en los últimos tiempos: sabotaje, corrupción e imagen negativa entre las principales potencias. Fuente: iblagh.com

 

Resulta evidente que Pekín, en pleno conflicto de poder con Washington, busque su propia estrategia geopolítica, aunque los costos y peligros de convertir a Irán en una potencia nuclear no parecieran, a priori, estar calculados como es debido. El régimen de Teherán es, a todas luces, un enemigo declarado de Occidente, a donde China exporta la mayoría de sus mercancías que le permiten ser hoy una potencia económica.

Si el candidato por el Partido Demócrata, Joe Biden, gana las elecciones, la situación volvería no solo a un punto muy similar al de 2015, con el acuerdo nuclear firmado por Barack Obama, sino a uno mucho más peligroso, pues Irán sería ahora un peón nuclear del Partido Comunista de China. Y Biden ha expresado en campaña sus intenciones de hacer amistad con ambos Estados.

El coronavirus parece haber desatado una nueva Guerra Fría: Hong Kong e Irán parecen, a día de hoy, los dos focos de conflicto más evidentes entre las dos mayores potencias del mundo. ¿Cuál será el próximo? ¿Venezuela? Si Biden resulta ganador de las elecciones americanas el 3 de noviembre, el curso de la Nueva Guerra Fría tomará una dimensión completamente distinta.

Sobre el autor: Juan Antonio es Periodista recibido en el Instituto Superior del Profesorado Junín. Trabajó como columnista en el Diario La Verdad y en Radio LT20 Junín. Fue conductor de un ciclo radial en Radio Grupo Noroeste y como columnista televisivo en Magazine Teve. Especializado en historia y en política internacional.
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