El Estado de Alarma sigue vigente en España. Por enésima vez, la semana pasada, el Congreso de los Diputados volvió a aprobar una prórroga de ese decreto que brinda a Pedro Sánchez y el resto de su gabinete ejecutivo una sistemática de poder basada en el “mando único”.

Aunque se haya comenzado ya con un proceso de “desescalada” (basado en varias fases), que permitiría a sus ciudadanos realizar algunos movimientos más con respecto a los autorizados durante el pasado mes de abril y la segunda quincena de marzo, habiendo así un poco más de actividad social y económica, hay aún bastantes problemas.

Cabe insistir en que el confinamiento masivo y los resortes legislativos que se están aplicando están demostrando que existe una “maldita oportunidad” para coaccionar y coartar más a los ciudadanos, incurriendo en un estrangulamiento social y económico de una magnitud muy considerable.

No solo se está aprovechando para incrementar el gasto público, la presión burocrática y la fiscalidad (aparte de poner sobre la mesa la apuesta por la banca central y la suspensión de la circulación del dinero en metálico), sino también para vulnerar libertades como la de expresión, la de reunión y la de ejercicio libre de la fe católica.

No obstante, quizá haya algún que otro motivo para la esperanza (bueno, o al menos, para manifestar cierta satisfacción). Cierto, pese a que el confinamiento ha contado con una aprobación más o menos genérica y la mayor indignación vino por los números rojos previstos en macroeconomía (aparte de poder criticar al PSOE por su gestión).

Manifestarse contra el Estado de Alarma también estaría siendo cosa de (algunos) españoles

Con la correspondiente buena observación de quienes nos oponemos a la hipertrofia del artificio revolucionario conocido como Estado, hasta la semana pasada, solo nos constaban buenas movilizaciones contra los planes urdidos por socialistas, comunistas y globalistas en Texas y Brasil.

Pero el pasado domingo 10 de mayo, parece que en España se quiso avanzar con algo diferente a los repetidos aplausos de balcón (acompañados en no pocos casos de canciones a alto volumen) que evidenciaban el aborregamiento que, por desgracia, es notorio en nuestras sociedades.

En el área central de Madrid, precisamente, en una calle del barrio Castellana (dedicada al conquistador Núñez de Balboa, primer español, de Extremadura, que divisó el Océano Pacífico, atravesando Panamá), perteneciente al distrito de Salamanca, hubo una especie de manifestación espontánea.

Algunos vecinos de esa calle salieron de sus bloques de pisos para exigir la dimisión del gobierno central frentepopulista (conformado por una coalición entre el PSOE y PODEMOS), lo cual se acompañó con algunas “caceroladas” y exhibiciones de la bandera nacional.

De inmediato, varias unidades de la Policía Nacional (bajo orden del Gobierno de España, en tanto que son parte del aparato del Estado) asistieron al lugar (varios agentes se desplegaron por el punto de manifestación: intersección entre la calle en cuestión y la que se denomina Ayala).

No obstante, pese a esa acción y la amenaza gubernamental de intensificar los controles policiales tanto dentro como fuera de Internet, nadie cayó en desánimo ni pasó a asustarse y mantenerse encerrado en su salón doméstico. En lo que llevamos de semana, estas manifestaciones han continuado.

De hecho, más residentes del barrio se han sumado a las concentraciones, que han llegado a “invadir” incluso el trazado no peatonal (incluso se ha llegado a crear una cuenta en la red social Twitter, titulada Movimiento Barrio Salamanca «Nuñez de Balboa»). Hasta podrían haberle marcado el camino a otros vecinos de la capital española.

Ayer, martes día 12, en el barrio que popularmente es conocido como Pinar de Chamartín, próximo al barrio de Castilla (distrito de Chamartín), también se sumaron (no fueron “cuatro gatos”), mientras que en  la calle Núñez de Ayala también empezaron a gritar “LIBERTAD” (es eso mismo que nos está arrebatando el Estado).

Alguien tendrá que marcar el comienzo de la reacción

Dentro de la correspondiente estrategia-marco de propaganda, la izquierda intenta “restar importancia” a esos hechos de protesta (aunque por otro lado desee reprimirlos e incluso sueñe con ver, al menos, entre rejas, a todos sus participantes), alegando los patrones sociológicos más político.

Ciertamente, el Distrito de Salamanca es un feudo histórico del Partido Popular (considerado como partido de derechas pese a su praxis), que junto a partidos como VOX suma más de un sesenta por ciento del voto escrutado (en general). Se le considera como parte del “Madrid más de derechas”.

Algo similar ocurre con el área histórica de Chamartín (la izquierda del PSOE y PODEMOS apenas obtiene un resultado “decente”). Pero, normalmente, en casi todos los ámbitos de la vida cotidiana, alguien tiene que marcar el rumbo a los demás. En este caso también.

Podría (y sería deseable, no solo en el resto de zonas matritenses “más conservadoras” como el distrito de Chamberí y los barrios de Mirasierra-Montecarmelo, El Viso y Aravaca, así como urbes como Boadilla del Monte, Pozuelo de Alarcón, Las Rozas y Majadahonda) que se repitieran estos actos de protesta.

De hecho, recordemos que, en Estados Unidos, si en territorios como California y Michigan comenzó a desarrollarse alguna protesta, fue gracias a los texanos, que en base a su mentalidad antiestatista y conservadora, no dudaron en reivindicar los derechos naturales frente a las pretensiones tiránicas estatistas.

Es más, para determinados movimientos de acción y pensamiento, existe una oportunidad de trabajo divulgativo y formativo, ya que hay que aprovechar para que esas personas indignadas a las que apoyamos no se limiten a algo temporal o electoral. Existe una ocasión contrarrevolucionaria que, sin duda, haga caer a esta “dictadura posmoderna”.

Dicho esto, ya finalizando, lo cierto es que existe cierta preocupación en las esferas gubernamentales, que intentan reprimir potenciando el Estado Policial. No obstante, como sociedad hemos de mantener un rol más activo y vigilante, en pro de nuestra libertad. Siempre hemos de desconfiar del poder político, renunciando a valores de acomplejamiento y cortoplacismo.

Sobre el autor: Ángel Manuel Garcia Carmona es Ingeniero en Software por la Universidad UDIMA, España y redactor en Ahora Información.

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