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La igualdad ante la ley es el único tipo de igualdad que es compatible con la libertad, ya que es la única que puede garantizarse a todos los individuos. En el resto de ámbitos los individuos son desiguales, e intentar igualarlos implicaría tener que violar la libertad de algunos para favorecer a otros. 

¿Qué es la libertad? Friedrich August von Hayek, economista austríaco muy influyente en la tradición liberal, la define en su libro Los fundamentos de la libertad como ‘‘ausencia de limitación y coacción’’. Esto quiere decir que uno se encuentra en un estado de libertad cuando no hay nadie que le prohíba u obligue a realizar alguna acción. En otras palabras, un individuo es libre cuando todo aquello que realiza es para la consecución de sus propios fines. Como se observará, estamos hablando de una libertad individual: libertad de relacionarse con quien uno quiera, libertad de asistir a donde uno quiera, libertad de expresar lo que uno quiera, libertad de comerciar con quien uno quiera.

Hayek nos dice que ‘‘la «libertad» se refiere únicamente a la relación de hombres con hombres y la simple infracción de la misma no es más que coacción por parte de los hombres’’. Es importante tener en cuenta esta aclaración porque los detractores de esta postura suelen argumentar que no se tiene libertad para decidir cuando estamos ‘forzados’ a trabajar para conseguir dinero y, de esta manera, poder comer. El filósofo marxista Herbert Marcuse, por ejemplo, escribe en su obra El hombre unidimensional que ‘‘la independencia de la necesidad [es la] sustancia concreta de toda libertad’’. Es decir, según esta concepción, mientras el ser humano esté sujeto a necesidades no hay tal cosa como una verdadera libertad.

En cambio, si nos guiamos por la definición de Hayek, en la medida en que no haya un tercero que nos impida trabajar o, por el contrario, que nos obligue a hacerlo cuando no lo deseamos, somos plenamente libres de decidir qué hacer. No son las condiciones propias de la naturaleza del ser humano las que determinan qué tan libres somos, sino el grado de interferencia que tienen los demás sobre nuestras decisiones. Si alguien se encuentra al borde de un precipicio y desea arrojarse al vacío y volar, será libre de hacer lo primero si es lo que quiere y nadie se lo impide, pero no podrá salir volando como si fuera un ave. No es que para esto último no sea libre, es que, simplemente, no es capaz.

Con respecto a la igualdad ante la ley, ésta no es otra cosa que la igualdad de trato para todos los seres humanos independientemente de su raza, género, religión, ideología o cualquier otra variable. ¿Por qué, entonces, es la única compatible con la libertad? Porque, como ya hemos dicho, cualquier otro tipo de igualdad implicaría violar la libertad de uno o más individuos. Partamos de la base de que, aunque todos merezcamos el mismo trato, todos somos distintos. Cada individuo es único y cuenta con capacidades, limitaciones y contextos que no se dan de igual manera en otro. Esto, desde ya, causará que obtengan resultados diferentes en sus vidas. A gran escala, esto llevaría a que grandes comunidades obtengan mejores resultados que muchas otras y, por lo tanto, estén en posiciones distintas, no iguales.

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Para ilustrar esto último, nos valdremos de lo que  Adrián Osvaldo Ravier, economista liberal argentino, plantea en su ensayo El rostro humano del capitalismo global, y es que ‘‘la desigualdad es consecuencia del progreso’’. Para llegar a esa conclusión hace un rápido recorrido por las condiciones de vida de la humanidad a lo largo de la Historia, partiendo de las poblaciones primitivas cuya economía era recolectora, posteriormente reemplazada en la Revolución neolítica por una economía basada en la agricultura y ganadería. Ese cambio no supuso una mejora en las esperanzas de vida. De hecho, no es hasta la Revolución Industrial iniciada en la segunda mitad del siglo XVIII que se puede apreciar un incremento de las mismas. Y en este progreso se advierte una primera brecha de desigualdad: la de la esperanza de vida de los duques ingleses y sus familias en relación al resto de la población a partir de 1750. 

Fuente: Ravier, A. O. (2017) El rostro humano del capitalismo global [Figura]

Las familias ducales fueron las primeras en beneficiarse de los avances en medicina a los que la Ilustración abrió las puertas. Según Ravier, ‘‘a fines del siglo XVIII se desarrollaron las primeras campañas de salud, priorizando a la familia real y la nobleza, pero a partir de mediados del siglo XIX los avances se extendieron al resto de la población’’. Bastó con que un grupo hiciera uso de un nuevo conocimiento para alcanzar una posición relativamente mejor que el resto.

Teniendo en cuenta todo lo dicho, retomemos la cuestión de la igualdad ante la ley. Decíamos que cualquier otra violaría la libertad, y es aquí donde aparece el quiebre con el ‘‘Estado presente’’ por el que muchos abogan, ya que para socorrer a los necesitados se requerirá romper con la igualdad ante la ley y cobrar mayores impuestos a quienes se encuentran mejor posicionados económicamente, con el fin de destinar los fondos a la redistribución, por ejemplo. De todos modos, vamos a suponer una situación en la que el Estado logre su objetivo de situar a todos desde el mismo punto de partida para que sea una sociedad ‘‘más justa’’. ¿Qué sucedería? Nuevamente desigualdad. Porque los individuos siguen siendo distintos. Nuevamente algunos ‘tomarían la delantera’ y detrás quedarían otros. El Estado, quizá, podría situarlos en una misma realidad económica pero no puede hacerlos iguales. La desigualdad prevalecerá tarde o temprano porque para ello basta con que algunos individuos hagan un nuevo descubrimiento que los beneficie antes que a nadie más. El verdadero problema es la pobreza, no la desigualdad.

En conclusión, la libertad y la igualdad ante la ley no sólo son compatibles, sino indisociables. Todos los individuos, sin distinción, deben tener la posibilidad de desarrollarse y vivir su vida en base a sus propias decisiones sin impedimentos de terceros. Es en esa posibilidad que son todos iguales. Cualquier intento por igualarlos en otro ámbito terminará por restringir a un grupo esa igualdad y su libertad en favor de otros.

Por Ezequiel Melia
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