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La masividad de las redes sociales, que no cumplen ni 20 años de existencia, está modificando la forma en la que interactuamos en nuestros días. El contacto con los demás se volvió exponencialmente más sencillo e instantáneo en unos pocos años desde que nos creamos nuestro primer perfil de Facebook, popularizada a nivel mundial por el año 2008, o de Instagram, más reciente aún, nacida hace apenas una década. La inmediatez de las redes, que operan en consonancia con el mundo moderno de lo efímero y lo urgente, nos colocó a solo un clic de distancia de familiares, amigos y conocidos, de cuyas vidas probablemente habríamos sabido poco o nada, de no ser por la autoexposición voluntaria a la que nos sometemos cotidianamente.

Lo más asombroso de los medios sociales, sin embargo, es su capacidad de conectarnos con extraños. Pero no con cualquier extraño, sino que con extraños semejantes. Es decir, con desconocidos con quienes, por lo general, compartimos algún gusto, predilección, o incluso enteras cosmovisiones. De esta forma, creamos vínculos que pueden perdurar años, con individuos que quizás nunca llegaremos a conocer personalmente, pero poco importa en la medida en que aquel semejante nos permita permanecer en la comodidad de lo igual. En este sentido, en La expulsión de lo distinto, Byung-Chul Han asevera que “la interconexión digital total y la comunicación total no facilitan el encuentro con otros. Más bien sirven para encontrar personas iguales y que piensan igual, haciéndonos pasar de largo ante desconocidos y quienes son distintos, y se encargan de que nuestro horizonte de experiencias se vuelva cada vez más estrecho. Nos enredan en un inacabable bucle del yo y, en último término, nos llevan a una autopropaganda que nos adoctrina con nuestras propias nociones”. 

Estas nociones, por supuesto, no son cocinadas al calor de las redes. Su vertiginosidad no da lugar al invento. Las redes se ocupan, más precisamente, de difundir. Su rol es el de divulgar, bajo métodos inéditos, ideas que ya imperan en la sociedad, pero que hoy se expanden en nuevos términos y a nuevas velocidades. A esta vorágine no se le puede pedir rigor, profundidad o análisis de ningún tipo. Las lecturas de más de 280 caracteres resultan demasiado extensas, así como los videos de más de un minuto de duración, un tanto tediosos. De allí que aplaudir lo igual sea infinitamente más cómodo que preguntarse sobre lo diferente. Esto es así, no solo porque quienes lo hacen de alguna manera se están felicitado a sí mismos, sino que también, porque cuestionarse sobre otros asuntos puede requerir indagación, detenerse por más de un instante sobre una reflexión, o ir más allá de la lectura de un mero titular. Peor aún, puede implicar que, en un afán por explayarse sobre algún tema en particular, se caiga en el error de salirse de los seguros e inequívocos límites del hashtag que es tendencia, a riesgo de esbozar una opinión que disguste a los iguales (que lo siguen y a quienes sigue), lo que puede traducirse en la pérdida de likes, y, a la postre, en una baja circunstancial de la frágil autoestima milllenial.

Es bajo esta dinámica, cómo, por ejemplo, la mala maniobra de un policía blanco en la detención del afroamericano George Floyd, que habría derivado luego en su muerte, causó movilizaciones políticas y disturbios a lo largo y ancho de Estados Unidos, así como en diversas ciudades de América y Europa. Es que, a pesar de haber ocurrido en la ciudad de Minneapolis, Minnesota, la filmación del arresto de Floyd, que fue transmitida en vivo en su perfil de Facebook por un transeúnte, se viralizó rápidamente, ocasionando una indignación generalizada. Sucede que las redes, lejos de limitarse a viralizar el hecho en sí, viralizaron, con éste, la supuesta causa que habría llevado al policía a actuar de esa manera: su condición de racista. Así, poco importa si el racismo fue la verdadera razón del accionar policial, importa que es la razón más sencilla de instalar. La razón de mayor capacidad de viralización en el virtual planeta de los iguales, toda vez que la idea de que Estados Unidos todavía hoy es una sociedad en la que los “blancos” oprimen a los “negros”, fue previamente arraigada en el sentido común de la “gente de a pie”, en el real mundo de las aulas universitarias y los medios tradicionales de comunicación. 

A este respecto, si en nuestros tiempos de “hipercomunicación” (Han) las ideas proliferan torrentosamente, las ideas hegemónicas lo hacen aún más. En una sociedad en donde ya fueron instaladas nociones propias de la política identitaria, que define a cada persona en función de su raza, y cada acción como racista o no racista, ¿qué mejor que contar con la ayuda de David Beckham, Paul Pogba, Justin Bieber, Lewis Hamilton, Katy Perry o Ariana Grande para propagar un movimiento político apoyado en la identidad racial? ¿Será que estas celebridades se detienen a observar las estadísticas que rodearon a un suceso como la muerte de Floyd, previo a manifestarse en sus redes con millones de seguidores? ¿Estarán al tanto, por ejemplo, de la cantidad de afroamericanos que integran la pretendidamente “racista” policía de Estados Unidos? ¿Conocerán, para poder contrastar, la cantidad de afroamericanos a quienes esta misma fuerza les salva la vida anualmente? ¿Se habrán informado, en síntesis, respecto de la agenda que posee el movimiento político al cual son funcionales? Siendo honestos, nos permitimos dudar. Lo más probable, a decir verdad, es que la publicación de David Beckham en su perfil de Instagram, de un fondo negro con la inscripción Black Lives Matter debajo, simplemente responda a una opinión en función de lo que su “sentido común” le dictamina. El mismo sentido común que comparte con millones de personas, lo cual le permite evitar reproches o aclaraciones, a la vez que le posibilita ejercer su capacidad de influencia como lo hace regularmente, con la salvedad de que, en lugar de vender un reloj, un perfume, o una prenda de ropa, se dedica a vender una idea. Beckham, de este modo, ya no vende solo productos como lo hiciera hace apenas unos años atrás, ahora vende un completo estilo de vida que, desde luego, incluye su modo de pensar, sus opiniones y aquellas causas por las que vale la pena movilizarse. 

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Estos son, en definitiva, los denominados “influencers”. Personas seguidas de manera voluntaria por cientos de miles o millones de “semejantes” deseosos de poder imitarlos. De allí que el contenido a difundir no puede ser lo distinto, sino que debe persistir en lo igual. No debe generar incomodidad al salirse de los límites de lo pensable y lo decible. Debe, muy por el contrario, conservar la zona de bienestar. Necesita continuar fomentando lo hegemónico: a saber, todo lo que por nuestros días representa la agenda progresista.

De tal forma que el espíritu crítico de la juventud contemporánea se encuentra puesto a prueba más que nunca, siempre que los jóvenes ya no se ven expuestos a la ideología imperante solo en unos pocos espacios conocidos, fijos y limitados. El tener ídolos implica, en la posmodernidad, comprar la personalidad íntegra del deportista, cantante o estrella de Hollywood que se encuentra hoy mercantilizada. Ser como Beckham o Thierry Henrry, para que se entienda, dejó de significar que solo es necesario ser un buen futbolista, también hay que abrazar las causas que ellos abrazan. 

Siendo esto así, entonces, el poder contrarrestar la inercia generada por la imitación y el “compartir” característico de las redes sociales, dependerá, sin dudas, de la elemental capacidad crítica a ser desarrollada por cada individuo. Mientras tanto, la guerra por controlar el contenido de lo que los influencers tan livianamente difunden, a la vez que es fácilmente aceptado por sus iguales, fue librada hace mucho tiempo, y no es otra cosa que la “guerra cultural”. 

Sobre el autor: Erick Kammerth es ensayista e investigador del Centro de Estudios Libre.
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